Por: Pedro Socorro
Lun, 23/04/2012 - 5:30pm

Estrangulador a la fuga

Un vecino de Valleseco acusado de matar a su suegra en 1907 huyó a Buenos Aires y se entregó siete años después a la justicia

El 10 de junio de 1915 comenzó en la Audiencia Territorial de Las Palmas el juicio contra Bartolomé Mateo Castellano, acusado de estrangular a su suegra cuando dormía en su domicilio del pago de Lanzarote, en Valleseco. La vista oral debió celebrarse siete años después de aquella macabra muerte, pues el supuesto autor se escapó de los calabozos de Teror y huyó a Argentina, de donde regresó para entregarse. Las pruebas eran muy contradictorias y la Justicia acabó por absolverle.

 

Tres golpes apresurados sonaron en la puerta aquella noche de 1908.

 

- ¡Abran, la Guardia Civil!

 

El jornalero Bartolomé Mateo Castellano, de cuarenta y dos años y conocido por Bartolo, descansaba en su domicilio de Valleseco. Al franquear la puerta, uno de los guardias le apuntaba con el fusil, mientras el otro agente de tricornio cogía el cuchillo canario que usaba para la labranza.

 

Un sudor frío inundó todo el cuerpo de Bartolo; sobre su alma sintió gravitar todo el peso de la culpa. Hacía más de un mes que había hallado a su octogenaria suegra, Francisca Díaz Suárez, la viuda de José Castellano Domínguez, muerta sobre el catre. Al borde de la cama, Bartolo contemplaba el cadáver con aquella seriedad inaudita que causaba asombro a todos los que allí llegaban. A la mañana siguiente, el secretario del juzgado y dos testigos inscribieron su defunción, aduciendo que el óbito se produjo a consecuencia de «enfermedad común»1.

 

Pero todo cambió cuando tiempo después del entierro, su esposa, Agustina, acompañada de una vecina, puso una denuncia en el cuartelillo de la Guardia Civil de Teror, cansada de tantos rumores que, sin un origen cierto, se esparcían de boca en boca atormentando su existencia. No eran otros que el testimonio de algunos vecinos que observaron «el pescuezo negro» de la finada. Todo aquello encendió sus dudas de que la muerte de su madre adoptiva no hubiera sido como consecuencia de los achaques de la edad, sino debido a un estrangulamiento.

 

En un abrir y cerrar de ojos, todo se había precipitado. A los ojos de sus vecinos Bartolo era el culpable. Y allí estaba él, atado de manos, escoltado por dos agentes de tricornio, camino de Teror. De  nada valieron sus palabras de que él no había matado a nadie. Una conclusión parecía imponerse por encima de cualquier otra apreciación lógica: las malas relaciones del acusado con su suegra, que siempre se interponían en su relación matrimonial.

El veredicto popular era inapelable. Ésta era la situación cuando el reo llegó a la villa mariana y fue encerrado en la secretaría del Ayuntamiento, que servía de calabozo. Allí le propinaron varios culatazos con sus fusiles, tratando de hacerle cantar. Pero Bartolo negó otra vez su autoría. Al día siguiente iba a ser entregado a la justicia. Pero esa misma noche logró fugarse a través de una de las ventanas de la pequeña estancia municipal. Llegó caminando a la ciudad y el 10 de mayo de 1908 se embarcó hacia Buenos Aires gracias al dinero que había conseguido con la venta de una novilla y que, en el momento de su detención, pudo ocultar en el forro de su sombrero deformado de ala ancha.

 

Al enterarse se lo ocurrido, el juez de Teror dictó una orden de búsqueda, al tiempo que exigía la práctica de una autopsia a la fallecida, por lo que, un día después, hubo de exhumar el cadáver de doña Francisca, enterrado junto a la entrada del cementerio municipal de Valleseco. Los médicos Enrique Morón, Joaquín Blanco, Pedro Hernández y Antonio Yánez acordaron en su informe que la muerte «pudo deberse a asfixia por sofocación». Sobre Bartolo recaía, pues, todas las sospechas de un crimen mientras él seguía con la vista puesta en la infinita ondulación del mar desde el vapor en que viajaba, camino de Argentina, y a cientos de kilómetros ya de la isla de Gran Canaria.

 

Siete años después de la fuga la vista se reabrió tras la entrega del fugitivo. Bartolo se había cansado de huir. Días antes había ido a ver a su esposa, que siempre mantuvo la esperanza de que un día emergiera de las profundidades del tiempo.

 

Varios días estuvieron buscando en el juzgado de Vegueta el viejo sumario «por el estrangulamiento en Valleseco», que un agente judicial encontró dentro de una caja situada al final del pasillo. Una vez hallado, Bartolo permanecería en prisión provisional hasta que comenzara el juicio, al tiempo que el sumario conocía nuevas diligencias. Maravillada y sorprendida por el regreso de su marido, Agustina se retractó de todo lo que en su día había declarado. Confesó que había mentido en la denuncia. Siete años habían pasado desde entonces y muchas cosas habían cambiado en aquel hogar fecundo en resentimientos conyugales, en los que intervenía siempre a poner paz la madre de Agustina hasta el mismo día en que halló la muerte.

El regreso a casa de su marido la tenía demasiada embargada para hacer caso de las habladurías del pueblo. Algunos decían que temía a su esposo. Otros, en cambio, comentaban que Agustina lo que quería ahora era salvar el matrimonio, y no estar sola.

 

El juicio no tardó en celebrarse en la Audiencia Territorial de Las Palmas. Con el dinero que había logrado en las Américas, Bartolo pudo contratar una buena defensa. El médico Ventura Ramírez Doreste (1864-1927), disintió de sus compañeros en el informe de la autopsia y así se lo hizo saber al fiscal de las Pozas. La fiscalía había presentado cargos por homicidio, pero no se explicaba el cambio de actitud de aquella mujer vestida completamente de negro que defendía ahora la inocencia de su esposo. Así que dirigiéndose al jurado espetó: «Sobre lo que declaró antes y lo que manifiesta ahora tenéis que resolver dónde está la verdad. La rectificación de esta testigo es muy explicable: el miedo; conoce mejor que nadie a su marido»2. Pese a que algunas de las pruebas apuntaban a su culpabilidad, Agustina se mantuvo fiel a su nueva versión de los hechos. Y aun a pesar de las pésimas perspectivas, no perdió la calma. El resto de las preguntas las contestó con precisión, concentrada y sin titubear.

 

«¿Dígame por qué denunció usted a su marido?» le preguntó, más sosegado, el abogado Vicente Suárez. «Porque una vecina me llevó a dar con la guardia civil, pero ella fue la que más habló», aclaró Agustina, abriendo una brecha en las pruebas erigidas por la acusación pública. El letrado de la defensa concluyó su intervención preguntándose ante los miembros del jurado: «¿Cuándo se ha visto a un criminal presentarse para que lo encarcelen? La razón humana sólo admite que lo haga el inocente», inquirió3.

 

Interrogatorio del fiscal

 

"¡Póngase en pie y conteste a las preguntas del fiscal!", dijo, un tanto airado, el presidente de la Audiencia, Ruiz de Luna. El acusado se puso en pie y dejó sobre el banco su sombrero.

 

- ¿Trató usted siempre bien a la madre adoptiva de su esposa?

 

- Sí señor. Siempre. No tuvimos motivos de disgusto.

 

- ¿Y no había escándalos en su casa por malos tratos que usted le diera y que llegaron al conocimiento de los vecinos?

 

- Disgustos con mi suegra, no. Únicamente los tuve con mi esposa, porque a mí me gustaban otras... Pero en los disgustos no intervino nunca Francisca.

 

- ¿No sabe usted a qué hora murió Francisca?

 

- No, señor. Casi no conozco el reloj. Pero fue de noche.

 

- ¿Cuándo fue la última vez que usted encontró viva a la Francisca?

 

- Al venir de la casa de mi madre con mi señora, que mi madre estaba muy mala, llamó a Agustina a la madre y no le contestó. Entonces fue a dar con ella, encontrándola muerta.

 

-¿Pero cuándo la vio usted viva por última vez?

 

- Al salir para casa de mi madre. Al oscurecer, después de cenar.

 

- ¿No es cierto que recogiendo las llave de donde las había dejado su mujer, usted abrió la puerta y fue a dar con la Francisca?

 

- No, señor.

 

- ¿No es verdad que estando ella acostada usted se echó sobre la cama y luego le oprimió el cuello, estrangulándola?

 

- No, señor.

 

- ¿No es verdad que, luego, usted la cubrió en la cama, le tapó la cabeza con un pañuelo y salió y cerró la puerta, volviendo usted a la casa de su madre?

 

- No. señor. Yo no tenía la llave ni sabía dónde estaba; la llave la tenía mi mujer; cuando salimos ella cerró y mientras yo caminaba la guardó por allí.

 

- Recuerda usted que el Jueves Santo del año siguiente a aquellas Navidades en que murió su suegra tuvo una reyerta con su esposa y, señalándola, le dijo que le iba a ser lo mismo a la vieja?

 

- No señor.

 

- ¿Recuerda usted su encuentro con la Guardia civil, en la carretera?

 

- Sí; pero me encontraron en mi casa, durmiendo.

 

- ¿Qué hicieron los guardias?

 

- Me levanté cuando tocaron y abrí. Un guardia me apuntó con el fusil y el otro cogió el cachillo que yo tenía al pie de la cama. Me ataron, me dieron dos bofetadas y alguna patadilla y me preguntaron si yo había matado a mi suegra; me pegaron porque yo decía que no era cierto. Me llevaron... (no oímos a donde dijo el procesado) y se me sentaron uno a cada lado. Estuvieron preguntándome y cada vez que yo negaba, de una bofetada me tumbaban y, para que me levantara, me daban una patada.

 

Por último, me llevaron a Teror, donde nos encontramos con el municipal; lo llamaron para encerrarme. Pedí agua, y un guardia me dijo: ¡No! granuja. ¡Qué vas a tomar agua, cafre! Por los ruegos del municipal me dejaron tomarla. Luego me llevaron a encerrarme en la secretaría, frente a la Alameda, dándome culatazos y bofetadas, tanto que el municipal les dijo que si me iban a matar. Allí dentro me registraron y me quitaron el dinero.

 

- Esos culatazos ¿los vio el municipal?

 

- Sí, señor.

 

- Y a pesar de todos esos golpes que le dieron ¿pudo usted escalar la tapia y fugarse-

 

- Sí, claro; ¡si me iban a matar!

 

- Y desde el 1 de Mayo de 1908 hasta el 1 de Julio de 1909 por qué no volvió a aparecer usted?

 

- Porque la guardia civil iba a acabar conmigo.

 

- Cuando vino de Buenos Aires ¿visitó usted a su señora?

 

- Sí, en Valleseco.

 

- ¿Vivía usted coa ella?

 

- No, señor.

 

- ¿Por qué?

 

- Porque había estado hablando de mí, diciendo calumnias.

 

- ¿Cómo compra usted el pasaje?

 

- Hacía dos meses que había vendido una novilla. Pagué el pasaje y me embarqué el 10 de Mayo.

 

- ¿No dijo usted que la Guardia civil le quitó el dinero?

 

- Sí; me quitó quince pesetas que llevaba en el bolsillo; pero, yo tenía 200 pesetas en dos billetes, escondidas en la badana del sombrero.

 

Acto seguido, le tocó el turno al abogado defensor.

 

Interrogatorio de la defensa

 

¿Fue alguien a visitar a su madre la noche de la muerte suegra?

 

- Sí; José Suárez y la hermana.

 

- ¿Murió José Suárez?

 

- Sí, señor. Estaba enfermo y arrojaba sangre por la boca.

 

- Suárez cuando regresaba de la casa de la madre, ¿fue a la casa de usted?

 

- Era vecino de nosotros y fuimos juntos hasta la puerta, pero no entró.

 

- ¿Recuerda si Francisca García estaba disgustada con usted?

 

- Sí, señor.

 

- La noche que murió su suegra ¿salió usted a avisar a los vecinos para que vinieran a acompañar el cadáver?

 

- Sí, señor.

 

Bartolo Mateo hablaba con máxima concentración de la relación con su suegra. No se dejó nada en el tintero, no quedó un solo punto por esclarecer. La fiscalía se quedó sin pruebas y sin uno de sus testigos principales, el cuñado del procesado había fallecido antes de abrirse la causa. Al final, sobre Bartolo no pesó más que una grande sospecha. La Justicia absolvió a este vecino de Valleseco de toda culpabilidad, y no había el menor rastro de otro posible culpable en la muerte de doña Francisca Díaz Suárez. Lo cierto es que no podía haber sido nadie más.

 

Un Suceso Rocambolesco

 

Celos, malos tratos, intriga, muertes misteriosas, fuga... Este suceso ocurrido en las navidades de 1907 en el pintoresco pago grancanario de Lanzarote tuvo todos los ingredientes de una novela negra. Y, además, representaba una de esas historias pequeñas de los pueblos que ahora, un siglo después, hablan a veces más y mejor de nuestra época que ningún documento o ensayo. Para colmo, ocho días después del óbito de la anciana, un hijastro suyo, José Suárez García, cuñado del acusado, soltero y de veintidós años, murió aquejado de una tuberculosis galopante4.

 

Su fallecimiento enredó aún más, si cabe, esta rocambolesca historia, pues era uno de los testigos principales. En este caso no hubo más luz que la iluminación de las calles, pues ese año, 1915, Valleseco rompía con el pasado y estrenaba el nuevo alumbrado eléctrico después de que su promotor, Juan Pérez Rodríguez, lograra la adjudicación del servicio por 25 años. El arco eléctrico sustituyó a los antiguos faroles de acetileno, sentenciados ya por el progreso.

 

1. Registro Civil de Valleseco. Partida de defunción número 67 del libro IV de defunciones.
2. La Provincia, sábado 12 de junio de 1915, págs. 1-2.
3. Ibídem
4. Archivo Parroquial de Valleseco. Partida número 1 del libro IV de defunciones.

 

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