"¡Ahí está don Sebastián!", gritó alguien, y un grupo de feligreses se abalanzó sobre la figura espantada del cura catalán de Agüimes, envuelto entre las llamas. El párroco Sebastián Parer Torrent no quería abandonar el templo sin la venerada imagen del Rosario y a punto estuvo de morir abrasado en aquella atmósfera asfixiante en la que se había convertido la antigua casa de oración de los dominicos. Era 3 de julio de 1887.
En pocas horas, el terrible incendio redujo a escombros y cenizas el convento de Nuestra Señora de las Nieves, cuya añeja edificación alojaba también a las oficinas municipales, las escuelas y el juzgado municipal. El fulgor de las primeras llamas levantó un clamor de temor y alarma entre los vecinos. Algunos llegaron a pensar que el reducido casco urbano del pueblo quedaría como un solar abrasado porque las llamaradas, cada vez más altas, lamían las fachadas de las viviendas de la plaza y calles adyacentes, ayudadas por el viento que reinaba. Por fortuna, pocas horas después "pudo observarse con alegría, merced a las precauciones del pueblo, que no se incendiaban las casas vecinas", relató un testigo anónimo en la Revista de Las Palmas.
"¡Saquen a la virgen!"
Los hechos acaecieron sobre las nueve y media de la mañana, hora en la que el señor cura celebraba la primera misa, y la mayor parte del pueblo se encontraba en la iglesia. Terminada la ceremonia iba a tener lugar la procesión del Rosario, cuando de pronto se oyó la voz de: "¡Fuego en el convento! El desorden, el susto y el desmayo se apoderaron de la gente. No hubo que lamentar desgracias personales, ni siquiera a la hora de abandonar a toda prisa la iglesia, gracias a que "algunas personas de tranquilidad envidiable se esforzaron en apaciguar al gentío". Entretanto, una niña de doce años vislumbró desde afuera a su abuela, ciega, que se encontraba en la capilla, envuelta en llamas, y tuvo el valor de ir a su rescate.
"Yo mismo" -aseguraba el testigo al citado periódico- "presencié este acto y a la par que en la puerta de la iglesia no resonaban sino ayes, quejidos y lamentos, observando a unas hincadas o henchidos los ojos en lágrimas, pidiendo misericordia, otras con las cabelleras sueltas, corriendo a todos lados en busca de los seres más queridos, se oyó en medio de esa angustia y confusión una voz unánime: ¡Saquen a la Virgen!".
Fue entonces cuando varios fieles entraron hasta el altar mayor, aún con el riesgo de sus vidas, y rescataron algunas de las imágenes justo en el instante en que una gran lengua de llamas y humo se extendió "con la velocidad de un relámpago" a través de la puerta del coro. Emergiendo desde la humareda, varias "almas devotas y a una joven esforzada y varonil" abandonaban apresuradamente el templo con las imágenes antes de que el coro se viniera abajo en medio de un gran estruendo.
En los brazos de la valerosa Antoñita la Monzona venía la imagen de la Purísima, poco después de que el vecino Sebastián Viera rescatara a la virgen del Rosario. Un gran júbilo se desató entonces en la plaza. La Morenita, como se conoce popularmente en esta villa a su patrona, fue recibida con gran júbilo. Aquel gesto de alegría atenuó un poco la tristeza general de los feligreses que, entre sollozos, repetían: "Todo se perdió menos la Virgen". Esa noche, la bella escultura americana del Rosario y el niño que, según la tradición popular, enviara el deán Juan Fernández Vélez desde la Puebla de los Ángeles (Méjico) por medio de su pariente, el señor Millán, ambos naturales de Agüimes, quedaría depositada en la casa del vecino Domingo Ignacio Hernández.
Nuevo templo
A fines de 1888, la villa de Agüimes contó con una nueva parroquia de San Sebastián. El obispo de Canarias, José Pozuelo y Herrero, dio la autorización para su bendición el 10 de diciembre de aquel año, aunque la última piedra de la iglesia se colocaría en 1940, tras la terminación del lado Este, la segunda torre y la parte central del frontis, según indicara el que fuera párroco e dicha iglesia, Joaquín Artiles. Para la conmemoración de ese solemne día, el prelado comisionó al canónigo de Catedral, Alejandro González Suárez, natural de Agüimes y que había regresado de Manila, quien, desde la capilla bautismal y revestido de las sagradas vestimentas, bendijo el nuevo templo de tres naves que se alzó en su pueblo y que representa a uno de los mejores ejemplos del neoclasicismo canario. Tras la misa tuvo lugar la procesión con la imagen del Rosario, la Señora del Sur, la misma que el año anterior los feligreses habían salvado de la quema.
Un romance popular por la terrible pérdida
Los vecinos de hoy, después de un siglo, siguen recordando estos hechos por tradición oral. Tal debió ser el impacto que marcó la conciencia colectiva de sus futuras generaciones. Y tampoco podía faltar el anónimo poeta que improvisaba unos versos sobre el incendio del templo que mucha gente de Agüimes memorizó y el poeta y cronista oficial de Agüimes, Francisco Tarajano Pérez, recogió en su libro Memorias de Agüimes. El romance, que recoge las versiones ofrecidas por Fernando Romero, vecino de Ingenio, y Candelaria González, de Agüimes, decía así:
En esta Villa de Agüimes un gran chasco sucedió, porque se ha pegado fuego en el Templo del Señor.
Ya se acabó la alegría de Agüimes y Tirajana porque la ha matado el fuego domingo por la mañana.
Este fuego no se apaga ni con vino ni con ron, sólo se puede apagar con la voluntad de Dios.
Hasta bomberos traían de la ciudad de Las Palmas para apagar aquel fuego que es castigo que Dios manda.
Jesús Nazareno Cristo fue el último que salió y, al poner el pie en la puerta, el coro se derrumbó.
Aquel Niño Chiquitito, aquel Divino Pastor, aquel que vino a pedir dicen que asado murió.
Santa Ana y Santa Isabel todas dos se nos quemaron, que, como eran santas viejas, nadie de ellas se acordaron.
El cura de este lugar intentó morir asado porque no quería salir sin la virgen del Rosario.
Sebastián Viera, valiente, por medio el fuego pasó para sacar a la virgen prenda de su devoción.
Antoñita la Monzona la Purísima sacó y como que era bajita por la Vegueta corrió.
Santo Domingo y Vicente y la Virgen del Rosario fueron a tener posada en la casa de un cercado.
Pero el pobrecito cura se salvó por un milagro porque, al llegar a la puerta, el coro se vino abajo.
Agüimes perdió su templo que era de mucho valor, pero de la Virgen Santa no pierde la devoción.
La Virgen perdió sus ropas, también los rayos del Sol. ¡Madre mía del Rosario, échanos tu bendición!
Pedro Socorro Santana
Cronista Oficial de la Villa de Santa Brígida
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