Se los tragó la tierra. Cuatro vecinos de esta isla han desaparecido de la noche a la mañana sin que hasta hoy una sola pista abrigue la esperanza de hallarlos vivos o muertos. ¿Tan fácil es que de una isla desaparezca una persona, a la fuerza o por voluntad propia, y que nadie halle una pista, nada de nada? Me cuesta creer que así sea, sin embargo la evidencia me da un mazado porque lo cierto es que, efectivamente, seis años después nadie sabe nada ni de Sara Morales ni de Yeremy Vargas ni de Antonio y Ana María, el matrimonio de ancianos que el día 6 de marzo, hace nada, salió de su casa en el barrio de Guanarteme para acudir a una consulta médica, para lo cual llevaban 4.000 euros en un sobre, y a los que no se les ha vuelto a ver. Hace unos días conversaba con una amiga forense sobre esas desapariciones y ella, con los conocimientos que no tenemos el resto de los mortales, tiraba de estudios estadísticos, de informes, de datos criminológicos que son los que en definitiva suponen el arranque de una buena investigación con el fin de situarme en el epicentro de los cuatro sucesos. Su teoría sobre los cuatro sucesos es tan simple que, justo por esa simpleza, parecen tan poco creíbles quizás porque en el fondo los desnuda, sin piedad periodística, de todo morbo. Es verdad que la sociedad es muy amiga de alimentar el morbo, de elucubrar con investigaciones paralelas, con datos de papel mojado que recaba aquí y allá, de la esquina, del bar o de la tienda. Todo vale para alimentar su "trabajo", su curiosidad. De esa forma pinta un cuadro que sacia su curiosidad y les convierte en aprendices de polis cotillas.
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